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Ayer, hoy, mañana… nunca se sabe cuando puedes ir a parar a la sala de espera de urgencias del Hospital Insular o del Hospital Doctor Negrín. Sin embargo, si hay un denominador común a dicha incertidumbre, largas horas de espera e impaciencia, de día, de noche, charlando con los familiares y amigos que se van acercando, aquellos solitarios que se nos hacen eternas las horas.
A través del tiempo, nos vamos dando cuenta que hemos salido con lo puesto, sin pensar que, en algún momento, deseas saciar la sed, el hambre, el capricho del niño que has tenido que llevar, pues no has dado con nadie que lo cuide. Observas a la gente, cada uno con su pequeña o gran desgracia a cuestas, botella de agua en mano, vaso con café, cortado, chocolate… Llega el momento en el que decidimos acercarnos a esta máquina que será compañera y amiga no sabemos por cuantas horas o días. Piensas en esa cafetería en la que alguna vez te has sentado a tomar ese cortado, con la prensa, leyendo todos y cada uno de los artículos, incluso los que nunca te han interesado. El final de esta reflexión, es que no hay ningún sitio semejante en los alrededores, siguiendo el camino sin retorno hasta esa máquina. Iluso de mí cuando pensé que estaba en un lugar público, en el que a diario, las personas que allí se encuentran no tienen otro lugar a dónde ir, llegando a la conclusión que los precios también serían de la misma condición; “populares”. Solamente un ejemplo; ¿Cómo puede ser que en el estanco del barrio me cobren 70 céntimos por una garrafa de 5 litros de agua y allí, por una botella de medio litro, 50 céntimos? Al volver, me siguen rondando por la cabeza los beneficios tan grandes que deben dar esas máquinas, lo feliz que se debe sentir la empresa. Sin embargo, dejando el lado mercantilista aparte y volviendo al humano, pienso que, se aprovechan de la situación de las personas que en momento difíciles, de dolor y preocupación, no tenemos en cuenta, o quizás, preferimos obviar el atraco de los precios que nos imponen. Sí digo que nos lo imponen, pues “tremendo pateo” nos tendríamos que dar para llegar a otro lugar. Independientemente a esto, no conozco a nadie de los que pasan por allí, que se quieran alejar ni un solo segundo de la puerta de urgencias, esperando oír el nombre de su familiar, amigo o compañero.
Pero aquí no termina todo. Parece que, el Ayuntamiento ha puesto remedio –que yo comparto- con estos de los radares fijos en la Avenida Marítima. Todo cambia cuando nos dirigimos a dichos hospitales, la mirada lucha entre lo que nos queda por recorrer, deseando llegar y el cuenta kilómetros para que no pase de 80 Km/h. Por fin, llego, sin haber excedido la velocidad, por lo tanto, no hay multa. Pues por segunda vez, fui un tremendo iluso, porque no sabía lo que me esperaba: a pasar por caja, en los aparcamientos, que parece que tenemos que agradecer a precio de oro. Un ejemplo; Desde las 13:00 a las 22:00 horas, 12 €. ¿Cómo puede uno aguantar estos gastos imprevistos –por supuesto- día a día? Ni que decir tengo cuando, en vez de dar el alta al paciente, lo ingresan. Realmente insostenible.
Es HUMILLANTE, no estamos por gusto, a nadie le gusta estar en el hospital. La mayoría de las personas, trabajamos para poder pagar “los fiaos”, la hipoteca y la comida –que cada vez que veo los telediarios, informan que somos de las comunidades en la que más suben los precios-. Es para enfermar. La vida ya es bastante cara como para que encima nos hagan pagar precios abusivos.
Sólo me queda la ilusión -no la alegría precisamente- que alguien lea ésta, mi opinión, mi experiencia y que tenga capacidad para poder poner fin a esta humillación, al dolor.
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